Cerca de mis 20 años, después de muchos desencantos y de atravesar distintos tipos de sufrimiento, toqué fondo. Sentía que las alternativas para seguir adelante eran cada vez menos, y apareció una posibilidad que jamás había considerado: quitarme la vida. Era una idea pequeña, pero estaba ahí. Esa noche me detuve a reflexionar como nunca antes. Por primera vez busqué a Dios, y desde ese instante algo comenzó a cambiar. Lo que antes parecía imposible empezó, poco a poco, a hacerse realidad. No fue magia ni un cambio de un día para otro, pero sí el comienzo de una transformación profunda. Ese fue mi primer despertar. Dejé de vivir en piloto automático, donde lo único que importaba era pasarla bien sin pensar en un verdadero futuro. Empecé a mirar la vida con otros ojos, con propósito y esperanza. Hoy, a mis 40 años, sigo despertando. La diferencia es que ahora lo hago de forma consciente y por decisión propia. Entendí que cada despertar es una puerta que antes no podía ver. Cuando vivimos dormidos, creemos que solo existe un único camino, un sendero sin señales. Pero al despertar descubrimos nuevas puertas, nuevas posibilidades y nuevas formas de vivir. Por eso creo que el despertar no ocurre una sola vez. Es un proceso continuo, una invitación permanente a crecer, aprender y acercarnos cada día un poco más a la persona que estamos llamados a ser.