Por alguna extraña razón, mi impulso para voltear a ver la fuente de aquella voz se me hizo inútil. Pero una pequeña llama se inició en mi pecho, era esa voluntad de querer moverme aun en contra de esa imposibilidad que hasta el momento me resultaba desconocida. De a poco forzaba el cuello para girarlo hacia mi derecha, de donde provenía la voz. Un avance, retroceso y otro avance y retroceso. Y sí, aquella vista periférica me empezaba a revelar una cara inmóvil, pero que aun no definía sus detalles. Lo que sentí mientras se me hacía más claro los detalles de aquel rostro era semejante a irse hundiendo con resignación en arenas movedizas. Tendría la arena por el cuello cuando ya pude ver quien me susurraba. De mi rostro impasible, lágrimas en fuga salían despavoridas de mis ojos al ver como ese rostro familiar sonreía de manera indiferente mientras su mirada me atravesaba, y mi alma, seguramente, yacía ya varios metros bajo aquellas arenas.