Hay algo que me inquieta de verdad, y no es nuevo para mí. Hace casi 18 años, cuando empecé en Internet, la información vivía sobre todo en los blogs. Si querías aprender algo, leías. Y ya entonces me parecía alarmante ver cómo muchas personas se dedicaban a redactar artículos —incluso sobre salud, alimentación o bienestar— sin tener ningún conocimiento real. Entraban en dos o tres fuentes, hacían una curación de contenido sin criterio y publicaban. Recuerdo conversaciones con mi madre del tipo:“Patri he leído que esto es buenísimo para el corazón”. Y yo pensaba: ¿somos conscientes de que esto lo ha escrito alguien que no tiene ni idea de lo que está diciendo? Aun así, dábamos por válida esa información. Porque veníamos de un mundo donde libros, periódicos o televisión pasaban —supuestamente— por filtros de expertos. Había una confianza heredada en la fuente. Nunca terminamos de adaptarnos al cambio de paradigma. Y ahora lo que estoy viendo me parece un salto mucho más delicado. Hoy no solo hay personas publicando sin criterio. Ahora hay sistemas completamente automatizados que generan ideas, guiones, vídeos, audios y publicaciones con solo pulsar un botón. Y muchísima gente los está usando sin revisar, sin contrastar y sin leer siquiera lo que se publica. Estamos llenando Internet de información generada a partir de información previa, reciclada de otras fuentes recicladas, sin origen claro y sin responsabilidad intelectual. Lo preocupante no es que eso exista. Lo preocupante es que lo consumimos como si fuera conocimiento. La IA empieza a alimentarse de contenido que ya era débil de origen. Y si no somos conscientes de esto, entramos en un bucle donde la información se degrada cada vez más… mientras nuestra confianza sigue intacta. Por eso creo que aquí hay una reflexión importante que no podemos esquivar. Hoy, más del 90 % del contenido que consumes no está verificado. No tiene base sólida. No responde a experiencia directa.