un manglar atascado en un sucio arrozal, casi sin agua, con las raíces rotas, carcomidas por mosquitos y ratas de ciudad que han invadido la naturaleza, no deja de dar flores, consumiendo su savia en el intento, sin esperanza, sólo por si acaso queda aún algún pájaro canoro o la última abeja de estas landas, o un colibrí immigrante que aún no haya entendido que aquí no hay esperanza para nadie y la única semilla que enraíza es la del odio consumista y ciego