Cuando empecé a crecer con mi empresa,
hubo un momento clave: me di cuenta de que muchas cosas estaban obsoletas.
Ya no servían.
O simplemente estaban pensadas para empresas pequeñas, poco formales y sin la ambición de resultados grandes que yo sí quería.
Ahí nació mi decisión de estudiar, de analizar, de rodearme de personas que supieran más que yo.
Me atreví con un MBA porque quería entender cómo funcionan las empresas de verdad.
Quería que la mía dejara de ser una buena idea sostenida a medias tintas y se transformara en una estructura real, sólida, escalable.
Y sí, recordemos algo importante: yo soy enfermera.
No venía del mundo de los negocios.
Mis conocimientos eran limitados… y lo sabía.
Pero fue ahí, justo ahí, donde todo cambió.
Y no para bien.
Sino para mal.
Me encontré con un muro.
Un muro de personas que llevaban años haciendo las cosas de una sola forma.
Personas que no tenían ninguna intención de cambiar.
No por flojas.
No por falta de capacidad.
Sino por costumbre.
Por comodidad.
Y, sobre todo, por miedo.
Miedo al cambio.