Principalmente, el valor de uno mismo reside en su palabra.
Y esto es algo que he podido experimentar recientemente.
En una de las reuniones, Fran me dijo algo que al principio me chocó: “No te puedo tomar en serio.”
Genuinamente, tiene todo el sentido del mundo.
Me explicó un patrón que sigo con frecuencia: sentir algo, pedir disculpas por lo que he hecho y, sin embargo, no acompañar esas disculpas con ninguna acción que demuestre un cambio.
Y ahí entendí algo: Un perdón sin acción te quita credibilidad.
Porque al final, no somos lo que decimos que vamos a hacer. Somos lo que hacemos de manera consistente.
Puedes pedir perdón diez veces, pero si vuelves a cometer lo mismo, tus palabras empiezan a perder valor.
Por eso, para mí, trabajar en el valor de uno mismo también significa aprender a respaldar nuestra palabra con acciones.
Si digo que voy a cambiar algo, tengo que demostrarlo.
Si digo que lo voy a hacer, tengo que hacerlo.
Y si fallo, no basta con pedir perdón: tengo que actuar.
Porque al final, la confianza no se pide. Se construye con acciones.