El día que entendí que mi salario no era seguridad
Llegué a Estados Unidos y empecé desde abajo, literalmente cargando una mezcladora de cemento en una empresa de construcción. No tenía cargo, no tenía privilegios y no tenía margen de error. Después pasé a cobertura de pisos y, mientras trabajaba físicamente, empecé a detectar fallas en la forma en que la empresa operaba.
Durante casi dos años ayudé a crear y mejorar sistemas internos: procesos, organización, soporte técnico y control operativo. Eso me permitió escalar rápido. En pocos meses pasé de trabajo físico a soporte técnico y luego a ser responsable de varias áreas dentro de la compañía. Junto con el equipo, logramos multiplicar por tres los ingresos del negocio.
Mi recompensa fue mínima: apenas unos dólares más por hora. Más responsabilidad, más presión, el mismo riesgo.
El punto de quiebre
Entonces ocurrió el quiebre.
Un día, mientras iba en bicicleta, un carro me atropelló. El accidente me dejó tres meses en silla de ruedas. Sin poder trabajar. Sin ingresos. Con gastos médicos y cuentas acumulándose.
Todas las “mejoras” y resultados que había generado dejaron de importar en ese momento. Si no trabajaba, no cobraba.
Las deudas crecieron rápido. Y ahí entendí algo que no se aprende leyendo libros:no importa cuánto ayudes a crecer un negocio ajeno, si no tienes un sistema que te genere ingresos sin depender de tu cuerpo, estás a una caída de perderlo todo.
Ese accidente no me quitó solo movilidad temporal. Me quitó la ilusión de seguridad del salario.
Silencio
Después del accidente no vino una revelación inmediata.Vino silencio.
Tres meses en silla de ruedas, días de dolor y otros tantos postrado en la cama te quitan el ruido externo: el trabajo, la excusa de “estoy ocupado”, la falsa productividad. Ese silencio no fue cómodo. Fue confrontacional.
Ahí empezó un reencuentro incómodo conmigo mismo. Leí más que nunca. No libros para motivarme, sino para entender por qué estaba donde estaba.
Hacerme responsable
En ese proceso entendí algo que antes siempre había evitado:yo fui el responsable de mis dos fracasos anteriores. No el mercado. No los socios. No la suerte.
Y esa misma responsabilidad —la que antes me pesaba— fue la que después me permitió construir los negocios que tengo hoy.
Un encuentro real
En medio de ese silencio reapareció algo que había dejado de lado: un encuentro real con Jesús. Dejó de ser un personaje religioso para ocupar el lugar más importante de mi vida. Eso lo cambió todo.
No fue un discurso religioso.Fue una confrontación interna: responsabilidad, orden, mayordomía, identidad.
La pregunta ya no era “¿por qué me pasó esto?”, sino:“¿qué tengo que aprender?”“¿qué estoy construyendo si mañana no puedo levantarme?”
La respuesta fue dura: nada propio.
Fracasar más de una vez
Intenté volver a emprender. Fallé. Volví a intentar.Volví a fallar.
Dos quiebras económicas en 14 años de emprendimiento. Luego llegó el COVID, lo perdí todo y migré a Estados Unidos desde la desesperación.
Al escalar rápido pensé que por fin tenía un trabajo “seguro” en una constructora.
El accidente que aclaró todo
Después llegó el accidente. Aunque me esperaron en el trabajo y me tendieron la mano con préstamos, ese momento fue el quiebre definitivo que me hizo entender que ese no era mi camino.
Deudas. Casi rendirme.
No por falta de ideas, sino por desgaste mental. Porque emprender desde la desesperación es peor que no emprender.
La lección clave
Ahí entendí el segundo punto clave: no basta con emprender, hay que crear sistemas que sobrevivan a uno.
Pero también entendí algo más, quizá lo más importante:lo que me había hecho fallar antes no fue la falta de conocimiento, sino la falta de resiliencia y persistencia.
Eso mismo fue lo que después me permitió sobrepasar la mayoría de obstáculos en Amazon y en el e-commerce: rechazos, errores, bloqueos, pérdidas y aprendizajes costosos.
La tercera vez
La tercera vez fue distinta.
No empecé buscando “ganar dinero rápido”.Empecé diseñando activos.
Una empresa.Luego otra.Luego una tercera.
Marcas distintas.Riesgo distribuido.Canales distintos: Amazon, TikTok Shop, Shopify, Etsy.
Libertad real
No dependen de mi presencia física. No dependen de que yo “esté bien” ese día. No dependen de intercambiar horas por dólares.
Hoy puedo viajar 45 días con mi familia.Puedo ir a workshops en Las Vegas.Puedo desconectarme del día a día operativo.
Y ninguno de esos días dejo de recibir ingresos.
El porqué del reto del millón
Y por eso inicié el Reto del Millón.
No para presumir resultados. No para vender humo.
Lo inicié para que ustedes puedan aprender a construir sistemas, marcas y activos sin pasar por la parte dolorosa que a mí me tocó vivir: accidentes, quiebras, deudas y años perdidos intercambiando cuerpo por dinero.
Si algo de esta historia te resuena, no es casualidad. Es una advertencia… y también una invitación.
No porque sea más inteligente. No porque tenga suerte.
Sino porque dejé de construir ingresos basados en mi cuerpoy empecé a construir sistemas,con responsabilidad, resiliencia y persistencia.
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Esteban A.
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El día que entendí que mi salario no era seguridad
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