A lo largo de mi vida he vivido en la piel de muchos personajes.
Hijo obediente. Niño superdotado. Mariquita gordo. Víctima de acoso escolar. Objeto de deseo de un profe desviado. Adolescente rebelde. Hijo permanentemente enfadado. Delegado de clase. Estudiante de historia. Diseñador mediocre. Chico con deudas. Emprendedor arruinado. Progre concienciado. Novio. Amante. Víctima de amores contrariados. Camarero servicial. Activista gay. Golfo. Noctífago. Funcionario. Gay "adecuadito". Terapeuta emocional. Esposo abnegado. Buen amigo. Mal amigo. Hermano. Tío. Tío abuelo...
Aprendí mucho vistiendo cada uno de mis personajes. Con todos estoy en paz... agradecido.
Pero también sentí un vacío callado y profundo viviendo en ellos.
Un día cualquiera, en una sesión de terapia maratoniana, recuperé un recuerdo muy viejo.
En el recuerdo yo era un niño de un año.
Era una sensación sin palabras. Un ser sin ideas, algo que únicamente sentía el roce de una sábana en la piel y respiraba.
Podía ver mis pies y trataba de alcanzarlos con las manos.
Sentía mucha curiosidad y mucha paz. Respirando... Sintiendo... Sin palabras ni ideas, sin conciencia de ser más que un deseo irrefrenable de explorar, de respirar, de sentir...
Ese, soy yo...
Una respiración que siente... una sensación que respira.
A día de hoy sigo vistiendo algunos trajes que se ajustan a lo que dicta mi entorno, divorciado, maduro. Hombre que se tiñe la barba. Futuro jubilado.
Pero ya no me los creo del todo. Porque en el fondo, solo soy una respiración que siente. Una sensación que respira.
Unas ganas irrefrenables de explorar, de sentir, de respirar, de conocer.
Ese soy yo... Sin género, sin palabras, sin nombre...
A ese ser, feliz por respirar, es a quien trato de ser fiel.
Así que seguiré tratando de tocarme los pies con las manos.
Gracias por leerme y un abrazo "sentío"