Mi primer recuerdo de dolor fue a los cinco años .
Jugaba a Tarzán. Me caí de espaldas desde una mesa alta. Me fracturé de clavícula. No entendía bien qué había pasado. Solo que algo dentro de mí pecho se sentía extremadamente caliente.
Desde entonces, el dolor siguió llegando de diferente de forma.
Dolor en los dedos jugando basquetbol. Raspones en patineta, en bicicleta. Balonazos en el futbol. Golpes directos. Colitis nerviosa por estrés.
De muelas, de oídos, en los ojos, en órganos internos...
El dolor que más me mermó fue una luxación de hombro. Primero lanzando un golpe volado. Luego luchando. Luego haciendo jiujiutsu. Cada vez que el hombro se salía, mi emocionalidad se descolocaba por la idea de que mi cuerpo estaba preparado.
En mi trabajo de terapeuta he puesto las manos sobre todo tipo de dolor de los demás. Físico y emocional, acumulado, ignorado, mal nombrado y mal tratado. Que te hace saber lo frágil que es el cuerpo por más que pienses que estás preparado. Se instala tanto que empieza a llamarse normalizarse.
Todo eso me hizo querer cuidarme más. Cuidar el estrés. Darle descanso a mi cuerpo y también a las personas cercanas.
Porque sé lo que cuesta no haberlo hecho antes.
¿Qué tan bien conoces tu propio dolor?