Existe en México una pregunta que se hace en voz alta y empieza a vivir tatuada en el pecho de quien nació aquí: ¿y si sí?, ¿es ingenuidad'?, ¿es ignorancia de la historia?; quizá es algo más antiguo: la sospecha de que la derrota, por mucho que se repita, no tiene la última palabra.
Los realistas —y los hay, y tienen razón en sus números— dirán que México lleva quinientos años perdiendo. Que la Conquista no fue solo una guerra sino una reescritura del alma: la derrota de Tenochtitlan no la ganó Cortés, la ganaron las alianzas rotas, la viruela, y la fractura de un mundo que ya no podía reconocerse a sí mismo. Dirán que lo que vino después fue siglos de colonia mental: aprender a hablar con acento ajeno, a valorar lo propio solo cuando el extranjero lo validó, a llamar "cultura" a lo que el conquistador no pudo borrar del todo. Y encima de todo eso, el siglo veinte trajo otro yugo más suave pero igual de efectivo: el vecino del norte, con su economía gravitacional, sus tratados diseñados para integrarnos sin igualarnos, su cultura exportada en celofán, su capacidad de hacernos sentir que aspirar es imitar.
Todo eso es cierto. Los realistas no mienten.
Pero el realismo mal entendido se convierte en otra forma de colonización: la del propio espíritu. Cuando un país aprende a comenzar sus ilusiones con un, "pero", cuando el equipo entra al campo ya ensayando la derrota, cuando la grandeza se convierte en algo que les pasa a los otros —entonces la historia externa se ha vuelto historia interna, y eso sí es una conquista completa.
Hay una lógica que parece modesta, pero es en realidad una trampa: vamos a ver qué pasa. Suena prudente. Suena adulto. Pero en el fondo es una forma de no apostar, de no exponerse, de no querer. El problema no es el resultado —el problema es el punto de partida. Si vas a un Mundial pensando en no quedar en ridículo, ya perdiste algo más importante que un partido: perdiste el derecho de imaginar el trofeo en tus manos. Y ese derecho, ese acto de imaginación, es donde empieza todo lo que alguna vez fue real.
Los grandes equipos —los grandes países, los grandes proyectos— no ganan por tener más talento. Ganan porque se les hace imposible concebir que no van a ganar. No es arrogancia. Es una elección de dónde habitar. La arrogancia dice merezco ganar. La fe dice voy a ganar y luego sale a trabajar como si fuera verdad. La diferencia es que la segunda construye algo; la primera solo espera.
México tiene una relación complicada con esta distinción. Por un lado, la cultura popular rebosa de esa fe irracional y luminosa: el que se avienta, el que no se rinde, el que sale de la nada. El albañil que levanta catedrales. El cocinero que inventa mundos con lo que hay. La madre que sostiene lo que ninguna institución sostiene. Hay en la idiosincrasia mexicana un músculo del "sí se puede" que, ha sobrevivido a todo —a la Conquista, a los tratados desiguales, a los terremotos, a las promesas incumplidas.
Por otro lado, ese mismo músculo está atravesado de una cicatriz cultural que viene de lejos: la idea de que la grandeza es para otros, que lo nuestro siempre estará un escalón abajo, que el árbitro nos va a perjudicar, que el sistema está diseñado para que no pasemos. Y en muchos casos, el sistema sí está diseñado así. Pero la respuesta a un sistema injusto no es interiorizarlo. La respuesta es no creerle.
La conquista más eficaz no es la que derrota los cuerpos. Es la que convence a los derrotados de que merecían perder. España tardó décadas en pacificar territorios; lo que perduró por siglos fue la sensación en muchos de sus hijos adoptivos de que Europa era el centro, y ellos, la periferia. El tratado de libre comercio con Estados Unidos no fue solo económico: fue también una narrativa, la de que México era el junior, el aprendiz, el que necesitaba normas del exterior para funcionar. Esa narrativa fue más dañina que cualquier arancel.
La pregunta ¿y si sí? es, en ese contexto, un acto político. Es negarse a que la historia externa dicte la historia interna. Es asumir que el partido no está perdido porque alguien más poderoso dice que lo está.
Esto no es un llamado a la fantasía. Es un llamado a la honestidad sobre dónde se origina el límite. Hay límites reales: físicos, económicos, estadísticos. Pero hay límites que son solo creencias heredadas, y esos se pueden cambiar. El problema es que a veces los cargamos como si fueran los primeros.
Un país que va al Mundial a ver qué pasa está, sin saberlo, eligiendo un techo. Un país que va al Mundial a ganar —aunque la probabilidad lo desmienta, aunque la historia pese, aunque el cuerpo técnico no sea el mejor— está eligiendo otro tipo de realidad. No garantiza el título. Pero garantiza que la derrota, si llega, será de otra naturaleza: la del que lo intentó todo, no la del que ya se había resignado antes del silbatazo.
¿Y si sí? no es una respuesta. Es una postura. Es decidir que el optimismo no es ingenuidad sino una forma de respeto a las propias posibilidades. Es entender que la conquista más profunda que puede sufrir un pueblo no es la que le quita la tierra —esa se puede recuperar— sino la que le quita la capacidad de imaginarse libre, campeón, en el centro del mundo.
México ha sobrevivido demasiado para seguir pidiéndole permiso a su propia historia. La pregunta ya está en el pecho, está en voz alta, y está lista para la acción.
¿Y si sí?
¿Y si este es el momento?
¿Y si somos nosotros?
¿Y si ese sí, trasciende el Futbol?
| ACZ |