¿Y lo más poderoso? La alabanza te transforma. Rompe el orgullo. Desvía la atención del problema. Sanar heridas internas. Llena el corazón de esperanza. Fortalece tu fe. La alabanza te devuelve a tu lugar de hijo: no a un mendigo que pide limosna emocional, sino a un heredero que reconoce la soberanía de un buen Padre.
Hoy, elige alabar. Incluso con lágrimas en los ojos. Incluso sin respuestas. Incluso con un corazón silencioso. Porque cuando la alabanza se eleva, el Cielo se mueve y todo cambia.