Hace tiempo leí que a los seres humanos nos encanta este plano de existencia; porque, entre muchas otras cosas, podemos materializar nuestros sueños, si creemos que podemos y tenemos la suficiente convicción para ello. Nacemos con un potencial increíble dentro de nosotros. Que hay cosas que podemos hacer mejor que el 50% de las personas, otras mejor que el 90%, y al menos una que podemos llegar a hacer mejor que nadie. Descubrir cuáles son, depende únicamente de nosotros.
Yo empecé a trabajar a los 16 años como bodeguero en una empresa de construcción. No era un trabajo que me gustara, pero lo necesitaba: de ello dependía el sustento de mi madre, mis hermanas y el mío. Permanecí allí nueve años y me desarrollé en áreas como electricidad residencial, instalación de subestaciones y electrónica. Todo cambió el día que llegó una computadora a la empresa.
Nadie sabía usarla. Así que cuando ofrecieron capacitarnos, me anoté. Dos meses después, con manuales en mano y muchas horas de práctica, quedé a cargo del departamento.
Ahí comprendí algo fundamental: cuando haces algo que realmente te gusta, el esfuerzo deja de sentirse como trabajo.
Desde entonces adopté una norma personal: dedicarme solo a aquello que me apasiona. Porque cuando es así, da igual si trabajas ocho o veinte horas al día; no hay estrés, hay entusiasmo.
Más adelante descubrí el diseño gráfico, cuando aún no era una carrera formal. Era algo que desarrollabas en modo autodidacta, aplicando los programas según las necesidades de la compañía para la que trabajabas.
Actualizarte resultaba placentero y natural, porque sentías que todo nuevo conocimiento era una herramienta más que podías desarrollar a tu modo. Por esto, andando el tiempo, y a pesar de no tener ningún título universitario, siempre fuí el encargado de capacitar a los jóvenes graduados que llegaban con uno; y permanecí en ello hasta mi jubilación.
Ahora imaginen esto:
Conoces a una chica cuya sola presencia te impacta. Pero sientes que está fuera de tu alcance. Pasan los años y no la olvidas. Un día, la vida te da la oportunidad de conocerla realmente. Descubres que es compleja, exigente, difícil… pero cuanto más la conoces, más te fascina.
Dime: ¿la dejarías? ¿renunciarías a ella?
Voy al punto.
Decidí aprender trading porque me ha interesado desde joven. Encontrar algo que realmente te gusta hacer —y que además puede convertirse en una segunda carrera— ya es un triunfo.
La vida me llevó a la Academia BlackSheep, donde un talentoso equipo de profesionales, veraces y maravillosos seres humanos, te enseñan con dedicación y apoyo genuino lo que significa realmente hacer trading. Donde cada día siento pasión por descubrir la mejor manera de gestionar, el propósito de aprender más. Ver en cada pérdida, una oportunidad para progresar, para entenderme a mí mismo. Definir el método que me permita alcanzar consistencia en la ejecución.
Operar ya no es solo buscar resultados: es un proceso de crecimiento personal y formar parte de una comunidad así como la que tenemos es un privilegio.
Por eso, si tú sientes lo mismo que yo respecto al trading, entenderás perfectamente por qué renunciar no es una opción para mí.
Porque sé que me arrepentiría el resto de mi vida.
Es algo que sé que puede transformarme, aunque sea difícil.
Y porque me haría sentir como alejarme de ella… la chica de la metáfora.
Renunciar al trading, para mí, no es una opción.