Mi proximo Libro
Termine de escribir el libro que empecé a mis 17 años con 34 años y quería dejar pasar un tiempo antes de seguir la segunda parte, ver si era leído si le gustaba a alguien pero mis dedos van mas rapido y ya comencé la segunda parte y tendré próximo libro...
PRÓXIMAMENTE...
Y entonces llegaste tú
Ryan
Durante mucho tiempo pensé que algunas personas simplemente nacíamos para perder.
Primero perdí a mi mamá.
Y hay cosas para las que nadie puede prepararte.
Puedes ser un niño, un adolescente o un adulto. Da igual.
Cuando pierdes a tu madre, una parte de tu mundo desaparece con ella.
Después tuve que cambiar de escuela.
Dejar atrás lo conocido.
Empezar de nuevo en un lugar donde nadie sabía quién era, de dónde venía ni todo lo que cargaba conmigo.
Y entonces conocí a Ámbar.
Ámbar llegó a mi vida cuando yo no sabía cuánto iba a necesitar a alguien como ella.
Me enamoré.
O al menos durante mucho tiempo creí que ese era el nombre correcto para lo que sentía.
Después perdí a mi papá.
Y aquella vez sí pensé que me había quedado completamente solo.
Recuerdo mirar alrededor y pensar que ya no tenía a nadie.
Pero estaba equivocado.
Porque estaba ella.
Ámbar estuvo cuando no sabía cómo seguir.
Cuando estaba enojado con el mundo.
Cuando no quería hablar.
Cuando necesitaba hacerlo.
Cuando fingía estar bien.
Y cuando ya no podía fingir.
Después llegaron los demás.
Kiara.
Thomas.
Melissa.
Lucas.
Iván.
Incluso Matheo.
Aunque admitir eso último todavía me cuesta un poco.
Sin darme cuenta, aquella familia que no era la mía empezó a hacerme un lugar.
La mamá de Ámbar comenzó a preocuparse por mí como si fuera uno más.
Su papá empezó a preguntar dónde estaba cuando no aparecía.
Su casa dejó de ser la casa de Ámbar.
Simplemente se convirtió en casa.
Y por primera vez desde que había perdido a mis padres, dejé de sentir que estaba solo.
Ámbar y yo fuimos amigos.
Después novios.
Después algo que, durante un tiempo, ninguno de los dos supo definir.
La quise muchísimo.
Todavía la quiero.
Probablemente siempre lo haga.
Pero tuve que aprender que existen muchas formas de amar a una persona.
Y que no todas están destinadas a terminar en un beso.
Me costó entenderlo.
Sobre todo porque estaba Matheo.
Dios.
Los celos que sentí por ese idiota.
La forma en que Ámbar lo miraba.
La manera en que él aparecía y conseguía cambiar algo en ella sin siquiera intentarlo.
Durante un tiempo quise ganarle.
Después entendí que no había ninguna competición.
Porque yo tenía un lugar en la vida de Ámbar.
Solo que no era el que había imaginado.
Ella no era el amor de mi vida.
Era mi mejor amiga.
Mi persona.
Mi familia.
Y cuando finalmente lo entendí, dejé de intentar alejarla de Matheo y empecé a hacer exactamente lo contrario.
Sí.
Yo ayudé a que terminaran juntos.
Aunque Matheo jamás debería enterarse de cuánto.
Su ego ya es suficientemente grande.
Y cuando Ámbar finalmente fue feliz con él, yo también fui feliz.
De verdad.
No hubo corazón roto.
No hubo arrepentimiento.
No hubo una parte de mí esperando que algún día regresara conmigo.
Solo estaba feliz de verla feliz.
Porque algunas personas no necesitan ser el amor de tu vida para convertirse en parte de ella para siempre.
Pensé que aquello era suficiente.
Tenía amigos.
Tenía una familia que había decidido adoptarme sin necesidad de compartir mi sangre.
Tenía a Ámbar.
Incluso tenía a Matheo, aunque jamás diría eso delante de él.
Había perdido muchísimo.
Pero también había encontrado mucho más de lo que alguna vez pensé que volvería a tener.
Así que dejé de buscar.
Dejé de preguntarme si algún día volvería a enamorarme.
No lo necesitaba.
Mi vida estaba bien.
Yo estaba bien.
O eso pensaba.
Hasta aquella mañana.
Llegué tarde a la escuela.
Otra vez.
Corrí por el pasillo mientras intentaba acomodarme la corbata y maldecía mentalmente el despertador que estaba completamente seguro de haber apagado sin siquiera abrir los ojos.
Cuando entré al aula, el profesor todavía no había llegado.
Milagro.
—Mira quién decidió venir —dijo Matheo.
Me dejé caer en mi lugar, justo a su lado.
—Cállate.
—¿Te quedaste dormido?
—No.
—Mentira.
—Tu novia te está contagiando malas costumbres.
Matheo sonrió.
—Mi novia llegó a horario.
—Por eso dije que te calles.
Dejé la mochila en el suelo.
Había conseguido sentarme hacía exactamente diez segundos cuando la puerta volvió a abrirse.
—Genial —murmuré—. Alguien llegó más tarde que yo.
Matheo ni siquiera levantó la mirada.
Yo sí.
Y entonces la vi.
Entró apresuradamente.
Y durante unos segundos olvidé completamente qué estaba diciendo.
Era alta.
O al menos más alta que la mayoría de las chicas del aula.
Llevaba el uniforme perfectamente planchado, como si acabara de salir de una fotografía.
Su cabello estaba cuidadosamente recogido en una media cola alta, dejando caer el resto sobre su espalda, con algunos mechones enmarcando su rostro.
Parecía...
No sé.
Ridículo.
Pero parecía salida de uno de esos cuentos de princesas que mi mamá solía leerme cuando era pequeño.
Solo que aquella princesa tenía cara de estar bastante enojada por haber llegado tarde.
—Ryan.
No respondí.
—Ryan.
Nada.
Matheo me dio un golpe con el codo.
—¿Qué?
Siguió mi mirada.
Después volvió a mirarme.
Y sonrió.
No.
Esa sonrisa no.
—Ni se te ocurra.
—No dije nada.
—Pero lo pensaste.
—No tuve que hacerlo.
Lo ignoré.
La chica habló rápidamente con el profesor que acababa de entrar detrás de ella.
Era nueva.
Eso entendí.
Y mientras él le indicaba dónde debía sentarse, mi estómago hizo algo extraño.
—No —murmuré.
Matheo me escuchó.
—¿No qué?
—Nada.
Ella empezó a caminar entre las mesas.
Hacia nosotros.
No.
No exactamente.
Al lugar vacío justo delante de mí.
Se sentó.
Matheo giró la cabeza lentamente.
Lo señalé.
—Ni una palabra.
Se tapó la boca para esconder una sonrisa.
—Te odio.
—Mentira.
Rodé los ojos.
Genial.
Ahora también hablaba como Ámbar.
La chica empezó a sacar sus cosas.
Un cuaderno.
Un estuche.
Varios libros.
Demasiados libros.
Uno se deslizó.
Después otro.
Y finalmente todos terminaron en el suelo.
Me incliné inmediatamente.
—Espera, te ayudo.
Alargué la mano hacia uno de ellos.
Pero ella fue más rápida.
Nuestras manos estuvieron a punto de tocarse.
Levantó la mirada.
Y por primera vez vi sus ojos de cerca.
Mierda.
Mi corazón hizo algo que no tenía ningún derecho a hacer.
Ella miró mi mano.
Después me miró a mí.
Y dijo:
—No soy una dama en apuros.
Parpadeé.
—¿Qué?
Recogió otro libro.
—Y no necesito ningún príncipe que venga a salvarme.
Escuché una risa ahogada a mi lado.
Matheo.
Hijo de puta.
Volví a mirar a la chica.
—Solo iba a ayudarte con los libros.
—Puedo sola.
—Ya veo.
Recogió el último.
Los acomodó sobre la mesa.
Después se giró hacia el frente como si yo hubiera dejado de existir.
Me quedé mirándola.
Matheo se inclinó hacia mí.
—Te fue bien.
—Cállate.
—¿Príncipe?
—Matheo.
—¿Quieres que te consiga un caballo?
Le pegué con el hombro.
—Como sigas hablando, Ámbar se queda soltera hoy.
Se rio.
Intenté prestar atención a la clase.
De verdad lo intenté.
Pero mis ojos seguían escapándose hacia la chica sentada delante de mí.
No sabía su nombre.
No sabía de dónde venía.
No sabía por qué se había cambiado a nuestra escuela.
Ni por qué parecía tener tantas ganas de demostrarle al mundo que no necesitaba absolutamente a nadie.
Solo sabía una cosa.
Desde que había perdido a mis padres, había aprendido a reconocer esa sensación.
La que aparece segundos antes de que tu vida cambie para siempre.
La sentí cuando conocí a Ámbar.
Cuando su familia abrió la puerta y me hizo un lugar.
Cuando entendí que podía perder a las personas que amaba y, aun así, encontrar motivos para seguir queriendo a otras.
Pero esto era diferente.
Porque mientras miraba a aquella desconocida que acababa de rechazar mi ayuda sin siquiera saber mi nombre, mi corazón seguía latiendo demasiado rápido.
Y no pude evitar sonreír.
Yo todavía no lo sabía.
Pero aquella chica que no necesitaba ningún príncipe que la salvara...
estaba a punto de enseñarme que yo tampoco necesitaba salvar a nadie para poder enamorarme.
Y que después de pasar tanto tiempo creyendo que ya había encontrado a todas las personas importantes de mi vida...
todavía me faltaba conocerla a ella.
PRÓXIMAMENTE
Y entonces llegaste tú
La historia de Ryan.
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Thais piantelli Pearce
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Mi proximo Libro
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